De lejanas tierras llegaba el rumor de que pronto regresaría.
No creía en realidad que fuera cierto, en otras ocasiones se habia comentado lo mismo, y en muchas de ellas habían quedado en vacío.
Hacía mucho tiempo ya que nada se sabía de Taburi, y su hijo, Dolfu, seguía su vida, sumida en rutina, al igual que se suceden las estaciones, una tras otra, año tras año.
Había aprendido ya a vivir con la sombra del que una vez había sido su mayor ídolo, habría deseado que él le enseñara, todo cuanto sabía y que incluso alguna vez se le hubiera ocurrido llevarlo a descubrir un mundo que se le hacía tan fascinante como seductor, pero en modo alguno sucedió, todo lo contrario, su padre aprovechaba cada encuentro para prohibirle, y reprenderle sobre las cosas más emocionantes, las únicas, que a su corta edad había descubierto por si solo, y eso poco le gustaba.
Desde niño Dolfu siempre habia mostrado una atracción insana hacia todo lo prohibido, las cosas más peligrosas clamaban su atención como caramelo a un niño y Taburi en todo momento había intentado apartarlo de aquello que consideraba peligroso o inapropiado para él, aunque no pasaba el tiempo suficiente a su lado, como para conseguir sacar buen partido a sus reiteradas prohibiciones.
Ésta vez, los rumores eran ciertos, y Dolfu, como de costumbre, subido en el punto más alto del poblado, podía ver ya en la lejanía a su padre.
Aunque sentía el gusanillo de la emoción por conocer las nuevas historia que Taburi seguro le tenía reservadas, luchaba en su interior contra la rabia de sentirse desplazado y olvidado por él.
Aún no había decidido de qué manera, pero todo cuanto rondaba por su cabeza era hacer algo que enfureciera tanto a su padre que decidiera llevarlo con él y ya nunca lo volvería a dejar solo, aunque de paso, se dijo:
- Podría pasarmelo muuuuyyyyyy bien.
TEXTO.- ANA BARRERA TEJERA
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